La andanada de insultos y agravios personales dirigidos por el presidente de la Nación contra el periodismo profesional a través de las redes durante Semana Santa es injustificable en un Jefe de Estado. Es además el síntoma de la impotencia.
Probablemente, el mal momento económico que se manifiesta en la ralentización del sistema productivo, en la caída del consumo y en una inflación que sigue debilitando el salario encuentren un chivo expiatorio en la prensa y una supuesta conspiración rusa para una campaña de desprestigio de su gestión.
No se sabe cuánto tiempo hace que Javier Milei y Manuel Adorni no viajan en transporte público. Del ministro Luis Caputo es probable que nunca haya utilizado un ómnibus de línea o un tren del Estado. Los tres, por diversas razones, son hoy protagonistas centrales, y claramente desorientados, de uno de los momentos más frágiles del gobierno libertario.
Si estas tres personas, que ocupan cargos determinantes para el gobierno y la sociedad, fueran capaces de conocer y compartir su vida con los ciudadanos de a pie, comprenderían que el poder los ha dejado fuera de órbita.
En primer lugar, se darían cuenta de que los hombres y las mujeres piensan y no son manipulables por inventores de fantasías como las que ellos atribuyen a los medios de comunicación. Es bastante pobre esa mirada sobre la condición humana.
Es cierto que los gobiernos suelen instalar relatos, que los medios de comunicación publican, pero cuando los números no cierran, las promesas no se cumplen y los mitos se derrumban, pierden credibilidad y muchos dirigentes quedan fuera de carrera. Les pasó a Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y Sergio Massa en 2023 y es muy probable que la Casa Rosada empiece a sentir el temor de que la historia se repita.
Manuel Adorni, quien como jefe de Gabinete parece una sombra, se ubicó solo en el centro del escándalo cuando, después de años como vocero, que los pasó despotricando contra el uso personal de los bienes del Estado, embarcó a su mujer en un viaje oficial y ahí nomás abrió la Caja de Pandora. De todas las sospechas que se multiplicaron y que hoy investiga la Justicia, él no ha sido capaz de brindar una respuesta coherente. Respuestas que debió dar a conocer en la conferencia de prensa que convocó y a las que está obligado por el cargo que desempeña; pero, además, para evitar el daño que está haciendo a la credibilidad del gobierno cuya gestión, supuestamente, le toca administrar.
Pero prefirió, una vez más, desconocer el rol que la información pública desempeña en la democracia.
Luis Caputo reconoce que cumplió todos los compromisos con los acreedores externos, pero sin ganar la credibilidad de los inversores potenciales ni del mercado de capitales, y que por eso el riesgo país no baja sustancialmente, lo cual es evidente. Pero él culpa a la inestabilidad política. Uno podría interpretar que siente que «se le viene la noche» –lo que sería muy malo para el país– pero prefiere denunciar «una guerra declarada por el periodismo contra el gobierno».
Los gobiernos autoritarios son muy claros: clausuran la libertad de prensa para evitar que se hable en público de lo que es evidente, sus fracasos. Los casos extremos son las dictaduras contemporáneas, pero el kirchnerismo tuvo siempre la misma actitud. Incluso, tanto la derecha como la izquierda en sus últimas versiones ubican al periodismo profesional como un enemigo a vencer.
Milei utilizó las redes para su diatriba. Casualmente, las redes – y no los diarios y canales- fueron el instrumento utilizado por los espías de Vladimir Putin para favorecer a Donald Trump en los comicios norteamericanos de 2016 y al éxito del Brexit en Gran Bretaña, ese mismo año.
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Fuente original: El Tribuno


