Este 24 de marzo no es uno más. Se cumplen 50 años del golpe militar de 1976, el inicio de la dictadura más violenta que vivió la Argentina. Medio siglo después, lejos de ser una fecha pacífica de reflexión, vuelve a instalarse en el centro de un debate político intenso, incómodo y necesario.
Durante años, el 24 de marzo funcionó como un punto de acuerdo. Un día donde la memoria parecía estar fuera de discusión. Sin embargo, ese consenso hoy muestra fisuras. La discusión ya no es solo sobre el pasado, sino sobre cómo se interpreta ese pasado en el presente.
En ese marco, reaparecen debates que parecían saldados. Se vuelve a discutir la cifra de desaparecidos. Se reinstala la , una interpretación que plantea que la violencia de los años 70 fue producto de dos fuerzas equivalentes, el Estado y las organizaciones armadas. Esa mirada, cuestionada durante décadas, vuelve a tener lugar en la discusión pública.
Al mismo tiempo, el país atraviesa un clima de creciente tensión política. Hay un deterioro en el respeto por las instituciones, un uso cada vez más agresivo del discurso público y una dificultad evidente para sostener la pluralidad de voces. Todo esto ocurre en una democracia que, si bien se mantiene vigente desde 1983, enfrenta desafíos que no pueden ignorarse.
La Constitución Nacional establece principios claros: la división de poderes, la libertad de expresión, el respeto por los derechos individuales y el derecho a la identidad. Todos estos pilares fueron vulnerados durante la dictadura. Recordarlo no es un ejercicio simbólico, es una necesidad concreta en un contexto donde esos valores vuelven a ponerse en discusión.
Hay un deterioro en el respeto por las instituciones, un uso cada vez más agresivo del discurso público y una dificultad evidente para sostener la pluralidad de voces.
Pero si hay un eje que no puede perderse es el de la identidad. La discusión política muchas veces corre el foco, pero la deuda sigue vigente. Hay nietos que todavía no conocen su verdadera historia. Hay familias que aún buscan respuestas. Hay Abuelas que murieron sin poder encontrar a sus nietos. Ese es el núcleo más profundo de lo que dejó la dictadura.
El informe de la marcó un antes y un después. Documentó desapariciones, centros clandestinos y el carácter sistemático del terrorismo de Estado. A partir de ahí se construyó el consenso del Nunca Más. No como una consigna vacía, sino como un compromiso social.
Sin embargo, ese consenso hoy se ve tensionado. A 50 años del golpe, el debate dejó de ser exclusivamente histórico y pasó a ser político. Hay una disputa por el sentido de lo ocurrido, impulsada también desde sectores del poder, que buscan reinterpretar ese período.
Frente a esto, el riesgo no es solo la aparición de nuevas miradas, sino la posibilidad de relativizar hechos que están documentados. Revisar la historia es válido. Negarla o distorsionarla, no.
En 1983, con el regreso de la democracia y Raúl Alfonsín al frente, la Argentina selló un pacto: Nunca Más. La idea de construir una democracia sólida, duradera, capaz de sostenerse en el tiempo. Incluso se habló de un objetivo ambicioso: alcanzar 100 años de democracia ininterrumpida.
Ese desafío sigue vigente. Y no es sencillo. Requiere no solo memoria, sino compromiso cotidiano con los valores democráticos.
A 50 años del golpe, el 24 de marzo no debería ser una fecha para usar políticamente ni para reducir a una discusión ideológica. Es, ante todo, un recordatorio de lo que pasa cuando se rompe el orden institucional y se pierde el respeto por el otro.
La memoria no es un ejercicio del pasado. Es una herramienta para entender el presente. Y, sobre todo, para evitar repetir errores que la Argentina ya pagó demasiado caro.
Fuente original: Que Pasa Salta


