La historia argentina en general y la historia de Salta en particular han quedado marcadas por la presencia de exploradores escandinavos de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Se trata de una familia aristocrática finlandesa – sueca: los Nordenskjöld (en la grafía sueca) o los Nordenskiöld (en la grafía finlandesa). Aquí los vamos a castellanizar como los Nordenskiold. No solamente algunos de ellos fueron famosos exploradores polares del Ártico y del Antártico, sino que, en general, fueron grandes científicos.
La historia comienza con Nils Gustaf Nordenskiold (17921866) un geólogo y mineralogista finlandés famoso en su tiempo por haber descubierto varios minerales nuevos para la ciencia. No todos los nombres que usó en su momento perduran, pero algunos quedaron incorporados a la mineralogía mundial. Entre ellos merece mencionarse alejandrita, que él pensó al principio que era una esmeralda. Sin embargo, le llamó la atención lo dura que era y se quedó estudiándola a la luz de la vela hasta altas horas de la noche. Ahí se dio cuenta de que cambiaba de color y era verde con la luz del día y se ponía roja de noche.
Hay toda una historia sobre su descubridor y el nombre en honor del futuro zar de Rusia, Alejandro II. El mineral es el crisoberilo y alejandrita, la gema, tiene un gran valor en joyería por esa propiedad de cambiar de color. El punto es que transmitió ese amor por los minerales a uno de sus hijos, Adolf Erik. El viejo Nils casó con Sofía Margareta von Haartman con quien tuvo seis hijos. Uno de ellos fue Adolf Erik y de allí vendría una de las conexiones con Argentina a través de su hijo Erland y su sobrino Otto.
Adolf Erik Nordenskiold (18321901) pasaría a la historia como explorador del ártico. Fue el primero en navegar con éxito por el pasaje Noreste rodeando Eurasia entre 1878 y 1880 a bordo del vapor «Vega». Antes de ello había realizado numerosas exploraciones árticas a los lugares más remotos. Adolf Erik era geólogo y se recibió con una tesis sobre mineralogía siguiendo los pasos y la influencia de su padre. Descubrió minerales nuevos para la ciencia mundial como crookesite, un seleniuro de cobre, talio y plata. Pero su pasión era la navegación de las entonces inaccesibles y peligrosas regiones polares donde realizó decenas de exploraciones, la más larga le demandó casi seis mil kilómetros. Varias veces quedó atrapado entre los hielos y sobrevivió ayudado por los nativos del Ártico.
Se convirtió en una celebridad. Le dedicaron numerosos homenajes y su nombre le fue puesto a mares, glaciares, fiordos, bahías, tierras inhóspitas, un cráter de Marte, una moneda de 10 centavos, el nombre del mineral nordenskioldina (borato de estaño y calcio) y hasta fue propuesto para el primer Premio Nobel en Física, pero falleció antes.
Recibió las principales medallas de su país y la prestigiosa Medalla Murchison de la Sociedad Geológica de Londres. Su afición a los mapas y a la historia náutica polar lo llevó a reunir miles de mapas que en parte resumió en dos de sus grandes obras un «Atlas de la Historia Antigua de la Cartografía» (1889) y «Periplus» (1897). Todo ese acervo cartográfico se conserva en la Universidad de Helsinki.
Más allá de esta enorme figura, que dio a luz generaciones de científicos en varias disciplinas, lo que nos interesa aquí es uno de sus hijos: Erland Nordenskiold (18771932). Erland tenía el título de barón en la nobleza sueca y toda una ascendencia científica y aristocrática ilustre. Estudió antropología y etnología en la Universidad de Upsala. Muy joven vino por primera vez a la Argentina y realizó exploraciones zoológicas y paleontológicas en la Patagonia.
Luego visitaría numerosas veces Argentina, Bolivia, Perú y otras regiones del interior de América del Sur, entre 1901 y 1913, en expediciones que duraban un par de años cada una. En esas expediciones contrajo malaria que más tarde sería su causa de muerte.
Trabajó vinculado al Museo de Historia Natural de Estocolmo y en 1913 fue nombrado director de la división etnográfica del Museo de Gotemburgo.
Por la amplitud de sus trabajos publicados sobre los pueblos indígenas de los Andes y del Gran Chaco sudamericano recibió el Premio Loubat (1912) de la Real Academia Sueca de Letras, Historia y Antigüedades y la «Medalla de Oro Wahlberg» de la Sociedad Sueca de Antropología y Geografía. Entre sus obras, la mayoría escritas en sueco, se destacan «De las altas montañas y los bosques primitivos» (1902), «La vida indígena en el Gran Chaco» (1910) y «Los indígenas de Sudamérica» (1912). Así como su magna obra en diez volúmenes: «Estudios Etnográficos Comparados».
Describió vívidamente las faenas en los ingenios azucareros. Algunos de los libros de Nordenskiold fueron traducidos al español y publicados en 2002 en cuidadas ediciones en Bolivia, tales como: «La vida de los indios», «Indios y Blancos» y «Exploraciones y Aventuras en Sudamérica». Estos libros resumen gran parte de sus viajes entre 1908 y 1914 por una parte del territorio boliviano amazónico y del Chaco.
Convivió largo tiempo con tribus indígenas como los chácobos, guaraníes, huaris y chorotes. Otros antropólogos extranjeros de la época tuvieron suertes disímiles, algunos de ellos asesinados sin piedad por los nativos. Dice Nordenskiold y cito: «He intentado conocer a los indios y he sentido simpatía por ellos. En la medida de lo posible he tratado de vivir su vida y comprenderlos. He pescado, bailado, cantado y bebido con ellos. He tratado de olvidar los propósitos científicos que me llevaron a su tierra para simplemente vivir y divertirme con ellos». Fue un auténtico y comprometido etnógrafo de campo.
Ahora bien, nuestro interés en Erland Nordenskiold radica en que fue el jefe de la famosa expedición sueca que recorrió el norte argentino y el sur de Bolivia en 1901 y 1902. La expedición financiada por el conde Eric von Rosen (1879-1948) llegó a Salta y luego de explorar sitios arqueológicos en el Valle de Lerma partió hacia la Puna a través de la Quebrada del Toro llegando hasta El Moreno en Jujuy. Allí se establecieron y realizaron un ascenso al Chañi considerada hoy la primera conquista de esa emblemática montaña. Luego cruzaron la Puna hacia Bolivia y fueron a explorar el yacimiento de mamíferos fósiles de Tarija antes de emprender visitas a los pueblos aborígenes de los ríos Pilcomayo y Bermejo y la gran llanura del Chaco. Mientras viajaba por nuestro país se enteró de la muerte de su famoso padre en Suecia. E iba a vivir además y en sincronía uno de los mojones históricos de la exploración antártica, ya que su primo Otto quedaría atrapado por los hielos.
Efectivamente Erland era primo hermano del geólogo y explorador polar sueco Otto G. Nordenskiold (1869–1928). Un casamiento había unido a dos ramas de los Nordenskiold y de allí venía el parentesco familiar y la misma genética científica. Muchos otros Nordenskiold, además de los aquí nombrados, fueron importantes hombres de ciencia, especialmente naturalistas.
El punto es que Otto Nordenskiold lideró la Expedición Antártica Sueca (1901-1903), cuyo rescate por parte de Argentina se convirtió en un hito histórico. Otto era doctor en geología por la Universidad de Upsala. En 1901 partió a la Antártida en el vapor noruego «Antarctic» al mando del capitán Larsen. Al pasar por Buenos Aires y a pedido de los suecos, la marina argentina les recomendó que incorporaran a bordo al joven alférez José María Sobral (1880-1961). El grupo de científicos suecos y Sobral quedaron realizando estudios pero, cuando un año después volvían a buscarlos, el «Antarctic» quedó atrapado y fue estrujado entre los hielos. La expedición quedaría allí otro año hasta que finalmente serían rescatados por la corbeta argentina «ARA Uruguay» al mando del entonces capitán Julián Irizar.
Las derivaciones de los senderos que se bifurcan de ese viaje tendrían tela histórica para llenar enciclopedias. Al lado de los suecos, Sobral aprendió idiomas y geología y regresó como un héroe a Buenos Aires. Sin embargo, pidió permiso a la marina para ir a estudiar geología a Upsala y se lo negaron. Renunció y se fue igual. Se doctoró allí y se convirtió en el primer geólogo argentino. Regresó al país y pidió de nuevo entrar a la marina y lo volvieron a rechazar. Ingresó al Estado argentino y se dedicó a estudiar la minería y el petróleo del país. Al final de sus días era una celebridad, hablaba nueve idiomas, embajador en Noruega y declarado «Sabio geógrafo del hemisferio sur por la Sociedad Hispánica de Nueva York».
Cuando falleció la marina lo hizo pasar a la historia como «Alférez Sobral», un verdadero despropósito. Si de verdad querían honrarlo lo hubieran nombrado Almirante post-mortem. Por su parte Otto Nordenskiold publicó una voluminosa obra de su viaje antártico, fue incorporado a prestigiosas academias de ciencias, recibió las medallas «Vega» y «Constantino» y su nombre quedó inmortalizado en numerosos topónimos de lagos, montañas, costas y glaciares de la Patagonia y de la Península Antártica. Más allá de curiosidades, anécdotas y serendipias, lo valioso a destacar es como la presencia de dos de los primos Nordenskiold en Argentina, uno en la Patagonia y Antártida y el otro en Salta, Jujuy y Bolivia, tuvo derivaciones impensadas que enriquecieron el corpus científico de nuestro país.
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Fuente original: El Tribuno


