La universidad, como institución, es esencial para la vida de la sociedad y para el desarrollo de las naciones. Sea de gestión pública o privada, de ella depende, no solo la formación de profesionales, investigadores y educadores, sino también el crecimiento del patrimonio científico y tecnológico del país. Es decir, la universidad es un valor y un interés central de un Estado cuya Constitución le impone el rol de velar por la calidad de vida de su pueblo.
La educación universitaria de calidad es un deber insoslayable de los gobiernos, simplemente, porque se trata de un bien estratégico indispensable para el funcionamiento de toda la Nación.
En la Argentina, la universidad privada complementa, pero no puede reemplazar a las grandes universidades históricas. Y no hay universidad posible sin financiamiento. Por lo pronto, el nivel salarial de los profesores e investigadores universitarios argentinos dificulta la dedicación exclusiva que la dinámica contemporánea del conocimiento exige.
Un caso muy visible del rol social y científico de la universidad son los ocho hospitales universitarios, los laboratorios y los consultorios públicos, hoy amenazados por la crisis presupuestaria. Se trata de instituciones a las que son derivados pacientes en estado crítico de todo el país.
Pero no es el único servicio, por supuesto. Las universidades argentinas se convirtieron en un centro de inclusión social para jóvenes de cualquier origen.
Es cierto que el problema presupuestario viene de hace mucho tiempo, pero ningún gobierno puede llevar a la universidad pública a una situación límite, como ocurre en estos días. Se trata de una inversión sustancial, pero desde la fundación de la Patria, la educación pública y universal fue un valor incuestionable, simplemente porque los líderes de entonces eran cultos y tenían visión.
Los países que han progresado son aquellos que lograron formar una población con elevado nivel educativo. Y eso se logra cuando los cuatro niveles de la enseñanza tienen parámetros de excelencia.
Por eso, las políticas educativas deben gestionar el financiamiento genuino que, en el caso de la universidad, por la complejidad de instrumentos, sistemas y laboratorios experimentales que exige, no puede prescindir del aporte sustancial del Estado, sumado a acuerdos con el sector empresario, que no solo puede ofrecer su mercado laboral y la posibilidad de formación de los estudiantes en pasantías y contratos transitorios, según la disciplina. Esas empresas, además, pueden financiar los desarrollos tecnológicos que se requieren para su actividad, como ocurre en los países donde la educación superior está más avanzada.
El mundo ha ingresado en la era de la economía del conocimiento, sustentada en la innovación, la tecnología y el talento humano para generar valor y servicios. A diferencia de la economía tradicional, su principal materia prima no son los recursos físicos, sino la información, el desarrollo y la digitalización.
Las nuevas tecnologías avanzan hacia una transformación en el funcionamiento académico. La posibilidad de multiplicar las aulas mixtas para facilitar el acceso a distancia de los alumnos ofrece beneficios incalculables. Sin embargo, esa inversión debe garantizarla el Estado, lo mismo que las remuneraciones dignas para académicos que, además de sus conocimientos, realizan permanentes perfeccionamientos en calificados centros de investigación nacionales e internacionales.
Ningún gobierno, ni el actual ni los anteriores, deben relativizar la importancia de la calidad universitaria. La universidad argentina ha sufrido golpes muy duros de parte de gobiernos autoritarios, como lo fueron las dictaduras de Juan Carlos Onganía y de Jorge Rafael Videla, pero también numerosas intervenciones en base a la imposición ideológica y el debilitamiento de la calidad. Es muy difícil remontar esos retrocesos.
Pero es imprescindible, y la condición esencial es que quienes gobiernan crean, firmemente, en el valor de la educación como derecho humano y como columna vertebral de una sociedad desarrollada.
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Fuente original: El Tribuno


