Cada 7 de abril, la zamba vuelve a ocupar un lugar especial en el calendario cultural argentino. Si bien la conmemoración oficial se realiza el 29 de septiembre, esta fecha tiene un fuerte arraigo popular por estar vinculada a la inscripción en SADAIC de la obra “La 7 de abril”, una de las composiciones más representativas del género. La autoría suele atribuirse al santiagueño Andrés Chazarreta, aunque existen otras versiones que señalan que fue registrada en 1911 por el tucumano Gómez Carrillo.
En paralelo, el Estado nacional estableció el 29 de septiembre como Día Nacional de la Zamba en homenaje al nacimiento de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, figura clave del folklore argentino y uno de los compositores más influyentes del país. Su legado artístico, especialmente vinculado a Salta, contribuyó a renovar y proyectar la zamba a nuevas generaciones.
Pero más allá de las fechas, la zamba es una de las expresiones culturales más profundas del país. Su origen se remonta a la zamacueca, una danza nacida en Lima, Perú, a comienzos del siglo XIX. Con el paso de los años, esta expresión se expandió por Sudamérica y llegó al territorio argentino entre 1825 y 1830, donde encontró un terreno fértil para desarrollarse.
Fue en el Noroeste Argentino, especialmente en Salta, Jujuy y Tucumán, donde la zamacueca comenzó a transformarse, adoptando elementos propios de la cultura local. Así, con el tiempo, fue tomando forma la zamba tal como se la conoce hoy: una danza de pareja suelta, elegante y cargada de simbolismo.
Uno de sus rasgos más distintivos es el uso del pañuelo, que se convierte en un elemento central dentro de la coreografía. A través de movimientos suaves y circulares, los bailarines construyen un diálogo de seducción, con juegos de acercamiento y distancia que representan el cortejo amoroso. La música, por su parte, se caracteriza por su ritmo pausado y melódico, acompañado por instrumentos como la guitarra y el bombo.
Con el correr de los años, la zamba se extendió a distintas provincias del país, como Santiago del Estero, Córdoba, La Rioja y Catamarca. En cada región fue adquiriendo matices propios en su interpretación, tanto en lo musical como en lo coreográfico. Sin embargo, el norte argentino continúa siendo su núcleo más fuerte, donde la tradición se mantiene viva en peñas, festivales y celebraciones populares.
En Salta, en particular, la zamba alcanzó un desarrollo singular, con autores, compositores e intérpretes que dejaron una huella profunda en el cancionero popular. La provincia se convirtió en uno de los principales escenarios de este género, que sigue siendo protagonista en la vida cultural y social.
Hoy, más de un siglo después de aquella inscripción que dio origen a la fecha del 7 de abril, la zamba continúa vigente. No solo como danza o expresión musical, sino como una forma de identidad que atraviesa generaciones y mantiene viva la memoria cultural del país.
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Fuente original: El Tribuno


